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8 de Marzo de 2012

El sol luce, el campo florece, los días se alargan, estornudo sin más, me empieza a faltar color, a sobrar ropa y los escaparates primaverales de colores imposibles que lucen desde el mes de enero, al fin empiezan a tener sentido: ya es primavera. O al menos lo parece. Y a mi eso ya me basta para para quitarme medias, abrigo o jerséis y hacer caso omiso de refranes aguafiestas y amenazantes del tipo…“hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo” (¿y qué demonios es un sayo??)

El caso es que me ha faltado tiempo para sacar la ropa de primavera (¿por qué insisten en llamarla “de entretiempo”?) y me he llevado una grata sorpresa: sin haber ido de compras, tengo mucha más ropa que el año pasado. Mucha más ropa… ponible. Y es que a sólo un quilo de mi meta final (más otro de propina que he añadido) la dieta ya me está dando otra alegría: aquella ropa que el año pasado descartaba porque “había encogido”, me estaba estrecha o me sentaba mal, ahora me está perfecta. Y algunas prendas incluso grandes. Enormes. Pero lo mejor es que al fin podré estrenar aquella ropa que he ido acumulando durante años, con su etiqueta y todo, pensando que cuando perdiera esos quilillos que me sobraban, algún día me las pondría. Sí, soy consciente de que comprar ropa de una o dos tallas menos es una adicción ridícula e ingenua, pero, contra todo pronóstico, parece que ese día ha llegado, y como por arte de magia, estoy de estreno: un vestido sin mangas de hace dos años, unos vaqueros de cintura baja de hace tres, camisetas y faldas de… ¡a saber! Quizás no están a la última moda, pero gracias a toda esta ropa, este año estoy a salvo de una temporada en la que los diseñadores han decidido que los colores flúor tan poco favorecedores son los únicos que podremos vestir. ¡Excepto yo! Además, prefiero marcar mi propia tendencia que marcar tripita… o lorzas. Desde luego, havalido la pena la dieta y los nuevos hábitos.

Entre el lío de ropa y la emoción, se me ha hecho tarde, así que rápidamente me he decidido por un vestido verde que tiene tantos años que seguro que en breve volverá a llevarse (por no hablar del precio que marca la etiqueta: hoy sería una ganga).

Y ahora son las nueve y diez de la mañana, estoy en una cafetería desayunado mis tostadas con tomate de rigor y escribiendo esto en mi libreta. Un hombre bastante atractivo acaba de decirme con gestos, desde la barra, que llevaba la etiqueta (la gran etiqueta) del vestido colgando en el hombro. La he arrancado de un tirón muy dignamente y ni siquiera le he dado las gracias. Prefiero que parezca que no le he dado importancia, hacer que escribo y simular estar concentrada en importantes tareas en el móvil antes que levantar la cabeza: entro en Google y busco “sayo”. Y voilà: curiosa prenda. Si me descuido la encuentro en mi armario…

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