Borrando prejuicios

Hoy me he levantado con la frente despejada, me siento rejuvenecida, con la mirada más limpia, con menos arruguitas… ¡y con una sonrisa!

Y no. No son los efectos de una noche pasional, ni de una crema milagrosa. Nadie me ha servido el desayuno en la cama y mi cuenta bancaria es la misma que ayer. Pero sí hay algo que ha hecho su efecto. Algo que poco a poco y de una forma sutil ha suavizado mis arrugas de la frente, ha difuminado mi entrecejo y ha borrado mis prejucios: el botox.

Y es que nadie cuestiona que nos tiñamos el pelo, nos hagamos piercing, nos tatuemos, nos depilemos, nos pongamos extensiones, nos tratemos la alopecia o nos maquillemos (y si lo hacen nos da igual). Pero sin embargo, cuando escuchamos la palabra “botox” la asociamos a menudo con estropicios estéticos y efectos que en realidad nada tienen que ver con esta toxina. Al menos cuando es aplicada de forma profesional y responsable.

Lo digo, hoy sí, con conocimiento de causa. Porque a mis cuarentaytantos e impulsada por la coquetería y por la curiosidad que me caracteriza, decidí (dit i fet!) visitar al doctor Morano. Quería escuchar en boca de un experto lo que es, pero sobre todo, lo que no es, el botox.

Y así lo hizo. De una forma clara y sencilla me explicó que lo que consigue este tratamiento es relajar los músculos de la parte superior del rostro (jamás de la parte inferior) para conseguir dos cosas: eliminar arrugas de forma temporal y evitar que en los 6 meses que dura el tratamiento se formen otras nuevas o se acentúen las que ya existen. Así de sencillo: borra temporalmente las arrugas mientras retarda su acentuación.

La cita informativa no me dejó lugar a dudas, así que mi impaciencia y yo no pudimos esperar: decidí probar el tratamiento. Estaba en manos expertas (lo más importante) y tenía la confianza que me inspira la clícica Morano.

Así que ahora sí, por propia experiencia, ya sé lo que esperar (y lo que no) de este tratamiento que hoy, 9 días después, ya me muestra sus efectos… ¡Parece magia!
Ahora sé que el botox no es el responsable de cambio de volúmenes ni de rellenos. Y que la expresión “se ha puesto botox” en sentido despectivo sólo puede ser fruto de una mala práctica por personas no cualificadas para ello. Además, al no ser un tratamiento reparador definitivo, siempre hay vuelta atrás.

¿El proceso? en pocas palabras: es rápido y sin dolor. Y aunque no voy a negar los nervios previos a la cita (sobre todo porque odio las agujas) el procedimiento fue muy sencillo. Con la cara desmaquillada y limpia, el doctor te hace gestualizar exageradamente para estudiar tus músculos y saber en qué punto paralizarlos para que tu expresión, tu mirada y tu cara no cambien. Marca cada punto y a continuación inyecta el botox sin más molestia que la propia de una aguja fina. Una vez terminado, no notas ningún efecto, puesto que el bótox tarda unos días en actuar. Pero al cabo de 8 o nueve días: ¡voilà! te levantas con el guapo subido. Es el momento de acudir a la revisión en la que se mirará que todo esté bien y se corregirá (si es necesario) algún pequeño punto o detalle.

Está claro que “la arruga es bella”, sí. Pero me gusta saber que tenemos la posibilidad de borrarla… como por arte de magia. Lo importante, con o sin botox, es no borrar nunca la sonrisa.

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