Rocío tiene 21 años y una piel envidiable. Estudia Ciencias químicas y es la primera de su promoción. Los fines de semana trabaja en una bar de moda. De camarera. Hace tres años se enamoró de un compañero de clase. Su primer amor. La pasión le llevó a tatuarse el nombre del que creía sería el amor de su vida. Fue su peculiar regalo de cumpleaños. Pero la historia se terminó antes de la cuenta y el original “regalo” persiste en su piel como si de una cicatriz se tratara… Concretamente, en su muñeca izquierda. Desde entonces, brazaletes, pulseras, relojes, mangas largas y guantes se turnan para tapar esa huella que Rocío aborrece. Para ella es una cicatriz que ya no tiene sentido, a pesar de que su actual novio, Nicolás, lo entiende y lo acepta con humor y resignación.
Hoy Rocío espera impaciente su turno en la sala de la consulta. Al fin va a borrarse el tatuaje con una técnica láser. Nicolás, cómo no, la acompaña. Va a ser testigo de la ruptura simbólica de Rocío con su ex. Ella sólo le suelta la mano un momento, para quitarse la bonita pulsera de cuero que le oculta el tatuaje y ponérsela a Nicolás, que la acepta encantado con una sonrisa.
Hoy Rocío estrenará muñeca y quiere lucirla…









